Meditar con la Biblia,

una iniciación a la Lectio Divina

¿POR QUÉ ORAR CON LA BIBLIA?

 

La Palabra de Dios es, de hecho, la base de toda auténtica espiritualidad cristiana. La oración, recordemos, debe acompañar la lectura de la Sagrada Escritura. La gran tradición patrística que siempre ha recomendado acercarse a la Escritura estableciendo un diálogo con Dios. Como dice San Agustín: “Tu oración es tu palabra a Dios. Cuando lees, es Dios quien te habla; cuando rezas, eres tú quien habla con Dios ”. Orígenes, uno de los maestros de esta lectura de la Biblia, sostiene que la comprensión de las Escrituras requiere, incluso más que el estudio, la intimidad con Cristo y la oración: “Aplicándote a esta lectura divina, busca con justicia y con confianza inquebrantable en Dios el significado de los Escritos divinos, ocultos a muchos. No llames y busques, porque es absolutamente necesario orar para entender las cosas divinas . Es para exhortarnos a hacerlo para que el Salvador dijo no solo: 'Toca y se te abrirá' y 'Busca y encontrarás', sino también: 'Pide y se te dará' ”. ( Benedicto XVI, n ° 86-87 de la exhortación postsinodal Verbum Domini )

 

¿QUÉ SIGNIFICA "ESCUCHAR"

EN LA BIBLIA?

 

Cómo hacerlo ?

El siguiente texto está tomado de: Enzo Bianchi, Prier la Parole, Paris, Albin Michel, 2014.

1

Pregúntale al Espíritu Santo

 

Antes de comenzar a leer las Escrituras, ORA para que el Espíritu Santo descienda en ti, para "abrir los ojos de tu corazón" y para revelarte el rostro de Dios, no en visión sino en la luz de la fe. Ora con la certeza de ser escuchado, porque Dios siempre concede el Espíritu Santo a quien lo pide con humildad y docilidad. Y si quieres, reza así: “Dios nuestro, Padre de la luz, enviaste a tu Hijo al mundo, Verbo hecho carne, para manifestarte a nosotros los hombres. Envía ahora tu Espíritu Santo sobre mí, para que pueda encontrarme con Jesucristo en esta Palabra que viene de ti; para conocerla más profundamente y, conociéndola, amarla más intensamente, para así llegar a la bienaventuranza del Reino. Amén. "

 

2

Toma la Biblia, lee

 

La Biblia está frente a ti: no es un libro cualquiera, sino el libro que contiene la Palabra de Dios; a través de ella, Dios quiere hablarte hoy, personalmente. LEE el texto con atención, lentamente, varias veces. Puede ser un pasaje del leccionario o de un libro de la Biblia. Léelo en cursiva, buscando ESCUCHAR con todo tu corazón, con toda tu inteligencia, con todo tu ser. Que el silencio exterior, el silencio interior y la concentración acompañen tu lectura para convertirla en una escucha.

 

3

Busca a través de la meditación

 

REFLEXIONA sobre el texto CON TU INTELIGENCIA iluminado por la luz de Dios. Ayúdate eventualmente con varios instrumentos: concordancias bíblicas, comentarios patrísticos, espirituales, exegéticos, buscando comprender en profundidad y en toda su extensión lo que está escrito. Deja que tus facultades intelectuales se dobleguen a la voluntad de Dios, a su mensaje; no olvides que la Biblia es un libro único y por eso INTERPRETA LA ESCRITURA CON LA ESCRITURA, buscando siempre al Cristo muerto y resucitado, centro de cada página y de toda la Biblia. La ley, los profetas, los apóstoles siempre hablan de él. LEE el texto si es necesario, tratando de hacer que el mensaje resuene profundamente dentro de usted. RUMINA las palabras en tu corazón y aplica el mensaje del texto a ti mismo, a tu situación, sin perderte en el psicologismo y sin llegar a un examen de conciencia. Déjate maravillar, atraerte por la Palabra. Mira a Cristo, refleja a Cristo en ti y no te mires demasiado a ti mismo: es Él quien te transfigura.

 

4

Ruega al Señor que te habló

 

Ahora, lleno de la Palabra de Dios, HABLA a tu Señor, o mejor respóndele, responde a las invitaciones, a las inspiraciones, a las llamadas, a los mensajes que te dirigió en su Palabra entendida en el Espíritu Santo. Ore con franqueza, con confianza, sin tregua y sin caer en demasiadas palabras humanas. Este es el momento de ALABANZA, ACCIÓN DE GRACIAS, INTERCESIÓN. No mantengas la mirada en ti mismo, sino, atraído por el rostro del Señor conocido en Cristo, sigue sus pasos sin mirar atrás. Deja libres tus facultades creativas de sensibilidad, emocionalidad, evocación, y ponlas al servicio de la Palabra, en obediencia a Dios que te habló.

 

5

Contemplar ... Contemplar

 

En alianza con el Señor, trata de mirar todo con su mirada: a ti mismo, a los demás, a los acontecimientos, a la historia, a todas las criaturas del mundo. CONTEMPLAR ES VER TODAS LAS COSAS Y TODOS LOS SERES CON LOS OJOS DE DIOS. Si ves y juzgas todo con los ojos de Dios, conocerás la paz, la paciencia, cuando escuchas a Dios, cuando piensas en él. Todo es gracia y todo está en vista de la epifanía del amor de Dios ...

ES EL TIEMPO DE LA VISITA DEL VERBO... que no se puede decir ni decir, diferente para cada uno y sin embargo vivido... El Señor pone en tu corazón una cierta incapacidad para seguir reflexionando, para meditar discursivamente en su Palabra y te concede una especie de participación en el fuego de la comunión y del amor más allá de todas las cosas, más allá. "Dijo" y más allá del silencio ...

 

6

Mantén la Palabra en tu corazón

 

La Palabra que has recibido, GUÁRDALA EN TU CORAZÓN como María, la mujer que escucha. GUARDA, CONSERVA, RECUERDA la Palabra recibida. Recuerda esto en varios momentos del día, recordando el pasaje con el que oraste o incluso un versículo que te venga a la mente. Este es el RECUERDO DE DIOS, que puede dar gran unidad a tu día, tu trabajo, tu descanso, tu vida social y tu soledad. DESPIERTA esa semilla de la Palabra depositada en ti si parece adormecerse, y mantente alerta para que la Palabra te acompañe todo el día.

 

7

No olvides: escuchar es obedecer

 

Si realmente has escuchado la Palabra, debes ponerla en práctica, realizando en el mundo, entre los hombres, entre tus hermanos, lo que Dios te ha dicho. ESCUCHAR ES OBEDECER y, por tanto, hacer resoluciones prácticas sobre tu vocación y tu función entre los hombres, dejando siempre que la Palabra tenga el primer rango y el lugar central en tu vida. POR LO TANTO, COMPRÓMETE A REALIZAR LA PALABRA DE DIOS para no ser condenado por Él que juzgará, no lo que has escuchado de ella, sino lo que has puesto en práctica en toda tu vida personal, social, profesional., política y eclesial. La obra que te espera es creer y, por la fe, mostrarte en ti EL FRUTO DEL ESPÍRITU: “amor, alegría, paz, paciencia, benevolencia, bondad, fe, humildad y dominio propio. »(Gálatas 5,22) Y conocerás el gran gozo del amor, la misericordia.

 

carta de guigo ii el cartujo al hermano gervaSIO

sobre LA LECTIO DIVINA

Se sabe muy poco sobre la vida de Guigo II el Cartujo. Fue el 9º prior de la Gran Chartreuse en 1173 o 1174. Murió en 1188. Guigo, en una magnífica “Carta sobre la vida contemplativa”, explica a un discípulo lo que él llama la Escala de los Monjes, y que corresponde a la práctica monástica que ahora se ofrece con más frecuencia en la Iglesia bajo el nombre de “lectio divina”.

1 Saludo

Salmo 143.12

Que nuestros hijos sean como plantas bienvenidas desde una edad temprana; ¡Nuestras hijas, como columnas esculpidas para un palacio!

Exodo 13.14

Entonces, mañana, cuando tu hijo te pregunte: “¿Qué haces aquí?”, Le responderás: “Es con la fuerza de su mano que el Señor nos sacó de Egipto, la casa de servidumbre.

Cantar 6.4

¡Eres hermoso, amigo mío, como Tirsa, espléndido como Jerusalén, terrible como batallones!

Romanos 11.24

Tú que eras por tu origen rama de olivo silvestre, fuiste injertado, a pesar de tu origen, en un olivo cultivado; con mayor razón estos, que son originales, serán injertados en su propio olivo.

El Hermano Guigo a su querido Hermano Gervasio.

Que el Señor sea tu alegría.

Hermano,

Si amarte es para mí una deuda, ya que fuiste tú quien primero me amaste, el contestarte es para mí una obligación, pues tú fuiste quien primero me invitaste a escribirte con tu carta. Decidí, por esto, mandarte algunas reflexiones mías sobre la vida espiritual de los monjes, a fin de que tú, que sabes más por tu experiencia que yo con mi estudio seas quien juzgues y corrijas mis pensamientos.

Te ofrezco a ti primero estas primicias de nuestro esfuerzo para que, como corresponde, seas tú quien recoja los primeros frutos de esta planta tierna (Salmo 143,12) que arrancaste de la servidumbre del faraón (Ex 13,14) con un hurto digno de alabanza y la colocaste en el cuerpo del ejército (Cánt 6,3-9) y que como rama de olivo salvaje hábilmente cortada, injertaste en buen olivo.

2 Los cuatro grados de la escalera espiritual

Génesis 28.12

Jacob tuvo un sueño: he aquí, una escalera estaba puesta en la tierra, su parte superior tocaba el cielo, y ángeles de Dios subían y bajaban.

Génesis 29.20

Jacob trabajó siete años para Raquel, siete años que parecían unos pocos días, la amaba tanto.

Cierto día, durante el trabajo manual, había comenzado yo a reflexionar sobre el ejercicio espiritual del hombre, cuando de pronto se presentó a mi mente la escala de los cuatro grados espirituales: la lectura, la meditación, la oración y la contemplación. Es esta la escala de los monjes por la cual suben éstos de la tierra al cielo. Es cierto que tiene pocos escalones, pero ella es de tan grande e increíble magnitud, que si un extremo se apoya en la tierra, la parte superior penetra los secretos de los cielos (Gn 28,12).

Cada uno de los grados de la escala, que lleva un nombre y una numeración diferente, es también diverso de los otros en orden y en mérito. Si alguien investiga atentamente las propiedades que tienen, el papel que desempeñan, lo que producen en nosotros, y cómo se distinguen y jerarquizan, tan grande será la utilidad y dulzura que hallará en este trabajo, que le parecerá breve y fácil el esfuerzo y estudio que emplee en ello (Gn 29,20).

La “lectura” es la inspección cuidadosa de las Escrituras, realizada con espíritu atento.

La “meditación” es el trabajo de la mente estudiosa que, con la ayuda de la propia razón, investiga la verdad oculta.

La “oración” es el impulso devoto del corazón hacia Dios pidiéndole que aleje los males y conceda los bienes.

La “contemplación” es como una elevación sobre sí misma de la mente que, suspendida en Dios, saborea las alegrías de la eterna dulzura.

Habiendo descrito así los cuatro grados, veamos ahora el papel que desempeñan.

3 Rol de los grados arriba citados

La lectura busca la dulzura de la vida bienaventurada.

La meditación la descubre.

La oración la pide.

La contemplación la saborea.

 

La lectura pone como un sólido alimento en la boca.

La meditación lo mastica y desmenuza.

La oración percibe el gusto.

La contemplación es la dulzura misma que alegra y alimenta.

 

La lectura es como la corteza.

La meditación, como la médula.

La oración, la petición de lo deseado.

La contemplación, el gozo de la dulzura ya alcanzada.

Para ver esto más claramente, pongamos un ejemplo elegido entre muchos.

4 Papel que desentraña la lectura

Oigo leer estas palabras: Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios. Esta breve frase, pero llena de sentido suave y rico, se ofrece para alimento del alma como uva de un racimo. El alma, después de examinarla con diligencia, dice para sí: “Puede ser que se halle aquí algo bueno. Entraré de nuevo en mi corazón, a ver si consigo comprender y encontrar esta ‘pureza’. Ciertamente que ha de ser ésta preciosa y apetecible, ya que no sólo los que la poseen son llamados bienaventurados y se les promete la visión de Dios que es la vida eterna, sino que además las Sagradas Escrituras tantas veces la alaban”.

Queriendo aclarar esto más profundamente, comienza a masticar y a desmenuzar esta uva, y la pone como en un lagar, es decir, le pide a la razón que averigüe qué es y cómo se puede llegar a poseer esta tan preciada pureza.

5 Función de la meditación

 

Gen 37.22

Y agregó: "No derrames su sangre; arrójala en esta cisterna en el desierto, pero no pongas tu mano sobre ella". Quería salvarlo de sus manos y traerlo de regreso con su padre.

Sal118.37

Aparta mis ojos de los ídolos; tus caminos me den vida.

Sal 44.3

Eres hermosa, como ninguno de los hijos del hombre, la gracia se derrama en tus labios: sí, Dios te bendice para siempre.

Si 6,32

Si lo quieres, hijo mío, te educarás; a fuerza de aplicación, tendrá los conocimientos técnicos.

Ct 3,11

Salid y ved, hijas de Sion, al rey Salomón con la corona con que lo coronó su madre el día de su boda, el día del gozo de su corazón.

Jn 4,11

Ella le dijo: “Señor, no tienes con qué sacar, y el pozo es profundo. ¿De dónde sacas esta agua viva?

Jn 12,3

Ahora, Marie había tomado medio kilo de un perfume muy puro y de gran valor; derramó el perfume en los pies de Jesús, que secó con su cabello; la casa se llenó de olor a perfume.

Ecl 1,18

Mucha sabiduría es mucho dolor. Quien aumenta su conocimiento, aumenta su dolor.

Jn 19,11

Jesús respondió: “No tendrías poder sobre mí si no lo hubieras recibido de arriba; por tanto, el que me entregó a vosotros, mayor pecado lleva . "

Rm 1,21

ya que, a pesar de su conocimiento de Dios, no le dieron la gloria y la acción de gracias que le debemos a Dios. Se entregaron a razonamientos inútiles y la oscuridad llenó sus corazones privados de inteligencia.

1 Co 12,11

Pero el que actúa en todo esto es el mismo Espíritu: reparte sus dones, como quiere, a cada uno en particular.

Comienza entonces una atenta meditación, que no se detiene en la superficie sino que se interna más hondo, penetra en el interior, y escudriña los detalles. Se fija con atención que no se dijo: ‘Bienaventurados los limpios de cuerpo’ sino los limpios de corazón. No basta, en efecto, que nuestras manos sean inocentes porque no hagan nada malo (Gn 37,22), sino que tenemos que tener el espíritu limpio de malos pensamientos. Esto lo confirma la autoridad del profeta cuando dice: ¿Quién subirá al monte del Señor, o quién podrá estar en su recinto sacro? Aquel que tiene manos inocentes y puro corazón (Sal 23,3-4). Luego el alma considera cuánto ansía el profeta esta pureza de corazón cuando ora: ¡Oh Dios, crea en mí un corazón puro! (Sal 50,10), y también: Si yo hubiera tenido en mi corazón mala intención, el Señor no me habría escuchado (Sal 65,18). Reflexiona cuán solícito para guardar el corazón era el santo Job que decía: Había hecho yo pacto con mis ojos, y no miraba ninguna virgen (Job 31,1). Hasta tal punto se cuidaba este varón santo, que decidía cerrar los ojos para no ver la vanidad (Sal 118,37) y no mirar imprudentemente lo que luego desearía.

Habiendo pensado en todas estas cosas y en otras semejantes, comienza a reflexionar sobre el premio prometido. ¡Qué glorioso y deleitable será ver el rostro tan deseado del Señor, el más hermoso de los hijos de los hombres (Sal 44,3), no ya abyecto y vil y despojado de la belleza con que lo revistió, sino revestido de la estola de la inmortalidad (Si 6,32) y coronado con la diadema con la que lo coronó su Padre el día de la resurrección y de la gloria (Ct 3,11), el día que hizo el Señor (Sal 117,24)! Piensa que en esta visión hallará la saciedad de la que dice el profeta. Me saciaré cuando aparezca tu gloria (Sal 16,15).

Ves cuánto zumo manó de esta minúscula uva, qué fuego nació de esta chispa, cuánto se extendió en el yunque de la meditación esta pequeña masa de hierro, es decir, esta frase: Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios. ¡Pero cuánto más podría extenderse si el que la trabaja fuera un experto! Me doy cuenta de que el pozo es profundo, pero yo, todavía rudo principiante, apenas si puedo sacar algo (Jn 4,11).

El alma, inflamada ya por estas llamas, e incitada por estos deseos, al romperse el vaso de alabastro, comienza a presentir en el aroma, la suavidad del ungüento (Mc 14,3; Jn 12,3). Sin embargo, nada percibe todavía por el sentido del gusto. Reflexionando, deduce cuán suave será sentir experimentalmente esta pureza, cuya sola meditación resulta tan gozosa. Pero ¿qué hará? Arde de deseos de poseerla, pero no tiene los medios de conseguirla, y cuánto más la busca, más aumenta su sed de tenerla. Cuando se entrega a la meditación, agrava su dolor (Ecl 1,18), al no poder paladear la dulzura de la pureza de corazón que la meditación le muestra, pero no le da.

Efectivamente, no es la lectura ni la meditación lo que hace alcanzar esta dulzura, sino que es un don de lo alto (Jn 19,11). Leer y meditar son cosas que hacen los buenos y los malos.

 

Los mismos filósofos paganos, guiados por la sola razón, llegaron a descubrir en qué consiste el verdadero bien. Pero habiendo conocido a Dios, no lo glorificaron como a Dios (Rm 1,21), sino que presumiendo de sus fuerzas decían: La lengua es nuestra fuerza, nuestros labios nos defienden (Sal 11,5). Por eso no merecieron recibir lo que bien podían ver. Se abandonaron a sus vanos pensamientos (Rm 1,21), y su sabiduría se aniquiló (Sal 106,27), aquella sabiduría que les había proporcionado el estudio de disciplinas humanas, no el Espíritu de sabiduría, que es el único que da la verdadera sabiduría, aquella ciencia sabrosa que, con su inestimable sabor, alegra y nutre el alma donde mora.

 

De ella se ha dicho: La sabiduría no entrará en el alma perversa (Sab 1,4). Esta sabiduría viene sólo de Dios. Así como el Señor concedió a muchos el poder bautizar, pero reservó para El solo la potestad y autoridad de remitir los pecados en el bautismo, por lo cual dijo san Juan: Este es el que bautiza (Jn 1,33), como precisando que lo hacía por antonomasia, así también podemos decir de El: “Este es el que da sabor a la sabiduría y al alma una ciencia sabrosa”. La palabra se concede a todos, pero la sabiduría del alma sólo a pocos, pues Dios la distribuye a quien quiere y cuando quiere (1 Co 12,11).

6 Papel que desempeña la oración

 

Sal 26.8

Mi corazón me volvió a decir tu palabra: “Busca mi rostro. "

Sal 76.7

Por la noche recuerdo mi canción, medito en mi corazón y mi mente se pregunta.

Sal 38.4

Mi corazón ardía dentro de mí. Cuando pensé en ello, estallé en llamas y dejé que mi lengua hablara.

Lc 24,30-31

Cuando estuvo a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición y, partiéndolo, se lo dio. Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron, pero desapareció de su vista.

Lc 16,24

Entonces gritó: “Padre Abraham, ten piedad de mí y envía a Lázaro a mojar la punta de su dedo en agua para refrescar mi lengua, porque estoy sufriendo terriblemente en este horno.

Ct 2.5

Sosténme con jarras, consuélame con manzanas, porque estoy enfermo de amor.

Viendo el alma que, por sí misma, no puede llegar a conocer y a experimentar la dulzura que tanto desea, que cuanto más se eleva su corazón (Sal 63,7) tanto más Dios se eleva (Sal 63,8), se humilla y se refugia en la oración diciendo: 

 

Señor, a quien sólo pueden ver los limpios de corazón, estoy tratando de descubrir, leyendo y meditando, qué es y cómo puedo alcanzar la verdadera pureza de corazón para que, por medio de ella pueda conocerte siquiera un poco. Buscaba tu rostro, Señor; tu rostro buscaba (Sal 26,8). He meditado largamente en mi corazón (Sal 76,7), y en mi meditación se encendió el fuego (Sal 38,4) y el deseo de conocerte más. Cuando partes para mí el pan de las Sagradas Escrituras (Lc 24,30-31) te reconozco en la fracción del pan (Lc 24,35), y cuánto más te conozco, más te deseo conocer, pero no ya en la corteza de la letra sino con el sentido de la experiencia. Esto te lo pido, Señor, no por mis méritos sino por tu misericordia. Reconozco que soy un alma indigna y pecadora, pero también los perritos comen las migas que caen de la mesa de sus dueños (Mt 15,27). Dame, pues, Señor, una prenda de la herencia futura, por lo menos una gota de lluvia celestial que refresque mi sed (Lc 16,24), porque me quemo de amor (Ct 2,5).

7 Efectos de la contemplación

 

Sal 33,16

El Señor mira a los justos, escucha, atento a sus clamores.

1 P 3.12

Porque el Señor vigila a los justos, escucha atentamente su petición. Pero el Señor se enfrenta a los malvados.

Con estas y otras ardientes expresiones, el alma enciende su deseo y muestra el estado al que llegó, llamando al Esposo con estos encantamientos. El Señor, cuyos ojos miran a los justos, y cuyos oídos escuchan no sólo las preces sino lo más profundo de la oración (Sal 33,12; 1 P 3,12), no espera que terminen las palabras sino que interrumpe la oración en la mitad del camino, entra rápidamente y se presenta de improviso al alma anhelante, cubierto con la dulzura del rocío celestial, ungido con perfumes preciosos. Recrea entonces el alma fatigada, la alimenta, pues la halla hambrienta, y la sacia en su aridez. Hace que no se acuerde de las cosas terrenas y que, maravillosamente, se olvide de sí misma; mortificándola la vivifica y embriagándola la hace sobria.


En ciertos actos carnales, el alma es de tal modo sojuzgada por la concupiscencia de la carne que pierde del todo el uso de la razón, y el hombre se vuelve totalmente carnal. Al contrario, en esta contemplación celestial, de tal modo son dominados y absorbidos por el alma los movimientos de la carne, que ésta no contradice en nada al espíritu, y el hombre se vuelve, de algún modo, todo espiritual.

8 Señales de la llegada de la gracia

 

Mt 24,3

Luego, mientras estaba sentado en el monte de los Olivos, los discípulos se le acercaron a un lado para preguntarle: "Dinos cuándo sucederá esto, y cuál será la señal de tu venida y el fin del mundo". . "

Ps 35.8

¡Cuán precioso es tu amor, Dios mío! A la sombra de tus alas, albergas a los hombres.

Is 66.11

Entonces serás nutrido con su leche, satisfecho con sus consuelos; entonces saborearás con deleite la abundancia de su gloria.

Sal 79,5-6

Señor, ¿hasta cuándo lo alimentarás con el pan de sus lágrimas, lo regarás con lágrimas sin medida?

Sal 41.4

No tengo otro pan que mis lágrimas, día y noche, * yo que todos los días oigo decir a la gente: "¿Dónde está tu Dios?" "

Sal 103.15

... el vino que alegra el corazón del hombre, el aceite que suaviza su rostro, y el pan que fortalece el corazón del hombre.

1 Jn 2,27

En cuanto a ti, la unción que recibiste de él permanece en ti y no necesitas ninguna enseñanza. Esta unción les enseña todas las cosas, lo cual es verdad y no mentira; y, como ella te ha enseñado, permaneces en ella.

Pero Señor ¿cómo conocemos con certeza el momento en que haces esto, y cuál será la señal de que tú llegas (Mt 24,3)? ¿Acaso los suspiros y las lágrimas son los nuncios y testigos de este consuelo y alegría? Si fuera así, esto parecería una contradicción nueva y una desusada señal. ¿Qué tiene que ver el consuelo con los suspiros, o la alegría con las lágrimas? ¿Pero éstas pueden ser llamadas lágrimas? ¿No son, más bien, la abundancia del rocío interior infundido de lo alto que rebosa, y que es índice de la ablución interior y purificación del hombre exterior?
En el bautismo de los niños, la ablución del hombre interior es figurada y significada por la ablución exterior. Aquí, al revés, la purificación exterior procede de la ablución interior.


¡Oh felices lágrimas que limpian las manchas interiores y extinguen el incendio de los pecados! Felices los que así lloráis, porque reiréis (Lc 6,11). Reconoce, oh alma, en estas lágrimas a tu Esposo, abraza al que deseas, embriágate con el torrente de delicias (Sal 35,8), toma la leche y la miel del pecho del consuelo (Is 66,11). Estos suspiros y lágrimas son pequeños regalos y contentos que tu Esposo trae consigo y te entrega. Te ha traído una bebida en estas lágrimas abundantes (Sal 79,6). Sean para ti el pan de día y de noche (Sal 41,4), el pan que fortalece el corazón del hombre (Sal 103,15), más dulces que la miel y el panal (Sal 18,11).


Oh Señor Jesús, si tan dulces son estas lágrimas que tu recuerdo y tu deseo provocan, ¿cuán dulce será la alegría de verte a cara descubierta? Si tan dulce es llorar por ti, ¿cuán dulce será gozar de ti? ¿Pero por qué intentar expresar con vulgares palabras estos afectos inenarrables? Los que no los han experimentado no lo entenderán. Ciertamente lo leerían mejor en el libro de la experiencia, donde la misma unción es la que enseña (1 Jn 2,27). Sin ella, de nada le sirve al lector la letra exterior, pues poco sabrosa es ésta si una explicación que brote del corazón no le revela su sentido profundo.

9 Cómo se oculta la gracia

Mt 17.4

Entonces Pedro habló y le dijo a Jesús: “¡Señor, es bueno que estemos aquí! Si quieres, montaré tres tiendas aquí, una para ti, una para Moisés y otra para Elías. "

¡Oh alma, demasiado hemos prolongado este discurso! Bueno hubiera sido para nosotros el permanecer allí y contemplar junto con Pedro y Juan la gloria del Esposo, si éste hubiera querido que se hiciesen, no dos o tres tiendas (Mt 17,4), sino una sola, donde viviésemos juntos y juntos gozásemos. Pero el Esposo dice: Déjame que ya despunta la aurora (Gn 32,26), ya recibiste la luz de la gracia y la visita que deseabas. El Esposo ha dado su bendición, ha herido el tendón del muslo, y ha cambiado el nombre de Jacob por el de Israel (Gn 32,25-32). Luego el Esposo tan deseado se retira un poco, escapa rápidamente. Se retira, en cuanto a la vista que mencionamos y a la dulzura de la contemplación, pero queda presente en la conducción, en la gracia, en la unión.

10 Cómo la gracia, el ocultarse temporalmente, coopera para nuestro bien.

Rm 8,28

Sabemos que cuando las personas aman a Dios, él mismo hace que todo contribuya a su bien, ya que son llamados según el plan de su amor.

2 Co 12,7

Y estas revelaciones en cuestión son tan extraordinarias que, para evitar sobreestimarme, he recibido en mi carne una espina, un mensajero de Satanás que está ahí para abofetearme, para evitar que me sobreestime.

Rm 8.18

Creo, de hecho, que no hay una medida común entre los sufrimientos del tiempo presente y la gloria que se nos revelará.

1 Cor 13,12

Actualmente vemos de manera confusa, como en un espejo; ese día nos veremos cara a cara. Actualmente, mi conocimiento es parcial; ese día sabré perfectamente, como me han conocido.

Sal 40.4

El Señor lo sostiene en su lecho de sufrimiento: por muy enfermo que esté, lo recoges.

Sal 33,9

Pruebe y vea: ¡el Señor es bueno! ¡Feliz el que se refugia en él!

Dt 32,11

Como un águila que despierta su nido y se cierne sobre sus crías, despliega su envergadura, la toma, la lleva sobre sus alas.

1 P 2.3

desde que probaste lo bueno que es el Señor.

Ct 1.3

Deleita el olor de tus perfumes; tu nombre, un perfume que se derrama: ¡así te quieren las chicas!

Ac 7,55

Pero él, lleno del Espíritu Santo, miró al cielo: vio la gloria de Dios y a Jesús de pie a la diestra de Dios.

1 Cor 13,12

Actualmente vemos de manera confusa, como en un espejo; ese día nos veremos cara a cara. Actualmente, mi conocimiento es parcial; ese día sabré perfectamente, como me han conocido.

Pero no temas, oh esposa, no desesperes, no te creas despreciada si el Esposo te esconde un poco su rostro. Todo esto coopera para tu bien (Rm 8,28), y es para ti ganancia tanto su llegada como su partida. Vino por ti, y por ti se retira. Vino para consolarte, y se retiró por prudencia, para que la magnitud del consuelo no te enorgulleciera (2 Co 12,7), y a causa de la continuada presencia del Esposo comenzaras a despreciar a tus compañeros, y consideraras este consuelo como algo de la naturaleza y no como una gracia, gracia que el Esposo concede cuando quiere y a quien quiere, y que no se posee por derecho hereditario.


Un conocido proverbio dice que la excesiva familiaridad engendra el desprecio. Por eso El se aleja para no ser despreciado a causa de una frecuentación excesiva, y para que, estando ausente, se lo desee, y al desearlo se lo busque con más avidez, y al ser buscado largo tiempo, sea hallado con mayor gozo.


Además, si nunca nos faltara este consuelo - aunque en comparación con la gloria futura que será revelada en nosotros (Rm 8,18), es sólo enigmático y parcial (1 Co 13,12)-, nos creeríamos, quizás, estar en la ciudad definitiva, y poco buscaríamos la futura (He 13,14).

 

Luego, para que no confundiéramos el destierro con la patria, ni la seña con la suma total, vino el Esposo y otra vez fue, trayendo primero el consuelo, y cambiando luego todo el lecho del descanso en lecho del dolor (Sal 40,4). Nos permite que gustemos un poco cuán suave es (Sal 33,9), pero antes de que lo podamos gustar plenamente, se aleja. Así, como revoloteando sobre nosotros con las alas extendidas (Dt 32,11), nos incita a volar.

 

Es como si dijera: ‘Ya habéis gustado algo cuán suave y cuán dulce soy’ (1 P 2,3); si queréis saciaros plenamente de esta dulzura, corred tras de mí al olor de mis perfumes (Ct 1,3), levantad vuestros corazones hacia donde estoy, a la derecha del Padre (Hechos 7,55). Allí me veréis (Jn 16,19), no ya como en figura o en enigma sino cara a cara (1 Co 13,12), y se alegrará plenamente vuestro corazón, y nadie os quitará vuestro gozo (Jn 16,22)!

11 Cuán cauta debe ser el alma luego de la gracia de la visita

 

Ex 34.14

Porque no te inclinarás ante otro dios. El nombre del Señor, de hecho, es: “Celoso”; es un Dios celoso.

Sal 44.3

Eres hermosa, como ninguno de los hijos del hombre, la gracia se derrama en tus labios: sí, Dios te bendice para siempre.

Ef 5.27

Quería presentársela a sí mismo, a esta Iglesia, resplandeciente, sin mancha, ni arruga, ni nada por el estilo; la quería santa e inmaculada.

Is 1,15

Cuando extiendas tus manos, esconderé mis ojos. No importa cuánto reces, no te escucho: tus manos están llenas de sangre.

Pero ten cuidado, oh esposa, que cuando se ausenta el Esposo no se va lejos, y aunque tú no lo ves, Él te ve. Está lleno de ojos por delante y por detrás, y nunca puedes ocultarte de El (Ez 1,18). Además, ha enviado a sus nuncios, que son espíritus, como sagacísimos mensajeros, para que vean cómo te portas en ausencia del Esposo, y te acusen ante Él si descubren en ti algún resto de lascivia o ligereza. Celoso es este Esposo (Ex 34,14), y si recibes, quizás, a otro amante, o tratas de agradar más a otro, al instante se aparta de ti para unirse a otras pretendientes. Exigente es este Esposo, es noble, es rico, es el más hermoso de los hijos de los hombres (Sal 44,3), y por lo tanto, no se digna tener esposa que no sea hermosa. Si ve en ti alguna mancha o arruga (Ef 5,27), al instante aparta sus ojos (Is 1,15). No puede tolerar ninguna impureza. Sé, entonces, casta, se reservada y humilde, para merecer ser visitada con frecuencia por el Esposo.


Temo haberte distraído demasiado tiempo con este discurso, pero me forzó a hacerlo la materia misma, tan fecunda como dulce. No me extendí voluntariamente sino que me sentí, sin quererlo, como arrastrado por su dulzura.

12 Recapitulación de lo dicho

 

Pr 2.4

Si lo buscas como el dinero, si excavas como un cazador de tesoros ...

Mt 13,44

El reino de los cielos es como un tesoro escondido en un campo; el hombre que lo descubrió lo vuelve a esconder. En su alegría, va a vender todo lo que tiene y compra este campo.

Hacemos una recapitulación de todo lo dicho para que se vea mejor en una síntesis lo que prolijamente se dijo.
En los ejemplos que anteceden puedes ver cómo los predichos grados se unen entre sí, y cómo se preceden unos a otros en el tiempo, y según un orden de causalidad.
La lectura aparece en primer lugar, como el fundamento. Ella proporciona la materia y nos lleva a la meditación.
La meditación, busca atentamente qué es aquello que debe ser deseado. Cavando (Pr 2,4), descubre un tesoro (Mt 13,44), y lo muestra, pero no puede alcanzarlo por sí misma, y nos remite a la oración.
La oración, alzándose con todas sus fuerzas hacia Dios, le pide el deseado tesoro: la suavidad de la contemplación.
Esta, cuando llega, recompensa el esfuerzo de las tres anteriores, embriagando el alma sedienta con la dulzura del rocío celestial.
La lectura es un ejercicio exterior.
La meditación, un acto de la inteligencia interior.
La oración, un deseo.
La contemplación, algo por encima de los sentidos.
El primero es el grado de los que comienzan.
El segundo, de los que progresan.
El tercero, de los devotos.
El cuarto, de los bienaventurados.

13 Cómo dichos grados se relacionan entre sí

 

Pr 22,28

Ne déplace pas une borne ancienne : ce sont tes ancêtres qui l’ont posée.

Ap 3,20

Voici que je me tiens à la porte, et je frappe. Si quelqu’un entend ma voix et ouvre la porte, j’entrerai chez lui ; je prendrai mon repas avec lui, et lui avec moi.

Estos grados, de tal modo están conectados entre sí, y de tal modo se ayudan recíprocamente, que de poco o nada sirven los precedentes sin los subsiguientes, y nunca o casi nunca se pueden adquirir los subsiguientes sin los precedentes. ¿De qué sirve, en efecto, ocupar tiempo en una continua lectura, y recorrer las vidas y escritos de los santos, si masticando y rumiando no sacamos el jugo, y trabajándolo no lo transmitimos a lo íntimo del corazón, para poder considerar así atentamente nuestro estado, y tratar de realizar las obras de aquellos cuyas gestas nos agrada leer asiduamente?

 

¿Pero cómo reflexionaremos sobre esto, o cómo podremos evitar el meditar falsedades o vaciedades, transgrediendo los límites fijados por nuestros santos padres (Pr 22,28), si no nos instruye la lectura o la palabra oída? La palabra oída, en efecto, se asemeja en cierto modo a la lectura, por lo cual solemos decir que hemos leído, no sólo los libros que leímos nosotros mismos o que nos leyeron, sino aún lo que oímos a nuestros maestros.

 

Igualmente, ¿qué le aprovecha al hombre ver en la meditación lo que debe hacer, si no lo pone en práctica con la ayuda de la oración y la gracia de Dios? Todo don excelente, todo don perfecto viene de lo alto, desciende del Padre de las luces (Sant 1,17), sin el cual nada podemos hacer. El es quien obra en nosotros, pero no sin nosotros. Somos cooperadores de Dios (1 Co 3,9), como dice el Apóstol. Dios quiere que lo invoquemos, quiere que abramos el seno de nuestra voluntad a la gracia que llega y que golpea la puerta (Ap 3,20), quiere nuestro consentimiento.


Este era el consentimiento que le exigía a la samaritana cuando le decía: Llama a tu marido (Jn 4,16), como si le dijera: Quiero infundirte la gracia; tú acude con tu libre albedrío. Le exigía que orara: Si tú conocieras el don de Dios y quién es el que te dice ‘Dame de beber’, quizás fueras tú quien le hubiera pedido agua viva (Jn 4,10). Cuando ella oyó esto, instruida por el Señor como por una lectura, meditó en su corazón cuán bueno y útil le sería poseer esta agua, y, habiéndose encendido en ella el deseo de tenerla, apeló a la oración diciendo: Señor, dame de esta agua para no sufrir más sed (Jn 4,15).


He aquí cómo la palabra que oyó del Señor, al ser meditada, la movió a orar. Pues ¿cómo se hubiera preocupado de pedir, si la meditación, si lo que ésta le mostraba como deseable no lo pidiera luego la oración? Por eso, para que la meditación sea fructuosa es necesario que se prolongue en oración devota, cuyo afecto, por decirlo así, es la dulzura de la contemplación.

14 Corolario de lo que precede

Mt 3,9

N’allez pas dire en vous-mêmes : “Nous avons Abraham pour père” ; car, je vous le dis : des pierres que voici, Dieu peut faire surgir des enfants à Abraham.

Rm 8,26

Bien plus, l’Esprit Saint vient au secours de notre faiblesse, car nous ne savons pas prier comme il faut. L’Esprit lui-même intercède pour nous par des gémissements inexprimables.

Mt 13,44

Le royaume des Cieux est comparable à un trésor caché dans un champ ; l’homme qui l’a découvert le cache de nouveau. Dans sa joie, il va vendre tout ce qu’il possède, et il achète ce champ.

Sal 33,9

Goûtez et voyez : le Seigneur est bon ! Heureux qui trouve en lui son refuge!

Sal 45,11

« Arrêtez ! Sachez que je suis Dieu. Je domine les nations, je domine la terre.»

Sal 83,6-8

Heureux les hommes dont tu es la force : des chemins s'ouvrent dans leur coeur !

07 Quand ils traversent la vallée de la soif, ils la changent en source ; * de quelles bénédictions la revêtent les pluies de printemps !

08 Ils vont de hauteur en hauteur, ils se présentent devant Dieu à Sion.

Si 31,9

Qui est-il ? Nous le dirons bienheureux : parmi son peuple, il a fait des merveilles !

Rm 7,18

Je sais que le bien n’habite pas en moi, c’est-à-dire dans l’être de chair que je suis. En effet, ce qui est à ma portée, c’est de vouloir le bien, mais pas de l’accomplir.

De todo esto podemos concluir que la lectura sin la meditación es árida; la meditación sin la lectura es engañosa; la oración sin la meditación es tibia; la meditación sin la oración es infructuosa. La oración devota alcanza la contemplación, pero la contemplación sin la oración es un hecho raro o milagroso.


El Señor, en efecto, cuyo poder no tiene límites, y cuya misericordia se extiende sobre todas las criaturas, saca, a veces de las piedras, hijos de Abrahán (Mt 3,9), forzando a los duros y a los que no quieren ceder, a que acepten. Es tan generoso que, como dice el refrán, entrega el buey por el cuerno, cuando se presenta sin ser llamado, y se da sin ser buscado. Esto, como leemos, sucedió con algunos, como Pablo (Hechos 9) y con otros. Sin embargo, no debemos tentar a Dios presumiendo algo semejante, sino que debemos hacer nuestra parte, es decir, leer y meditar sobre la ley de Dios, y pedirle que ayude a nuestra debilidad (Rm 8,26) y que mire nuestra imperfección. El mismo nos enseña a hacerlo cuando dice: Pedid y recibiréis; buscad y encontraréis; golpead y se os abrirá (Mt 7,7). Pues el reino de los Cielos padece violencia, y son los violentos los que lo arrebatan (Mt 11,12).


He aquí cómo con las aclaraciones que hicimos pueden entenderse las propiedades de los grados, cómo éstos se conectan entre sí, y cómo actúan en nosotros.


Feliz el hombre cuyo espíritu, libre de otras ocupaciones, desea siempre considerar estos grados, aquel que habiendo vendido todo lo que tiene, compra aquel campo donde se oculta el anhelado tesoro (Mt 13,44), es a saber, vacar y ver cuán suave es el Señor (Sal 33,9; 45,11). Aquel que guarda el primer grado, que tiene cuidado de practicar el segundo, que es devoto en el tercero, y se eleva por encima de sí mismo por el cuarto, por estas ascensiones que dispuso en su corazón, sube de virtud en virtud hasta ver al Dios de los dioses en Sión (Sal 83,6-8).


Feliz aquel a quien se le concede permanecer, aunque fuera por poco tiempo, en este último grado, aquel que puede decir: He aquí que siento la gracia de Dios; he aquí que con Pedro y con Juan contemplo su gloria en el monte; he aquí que con Jacob gozo de los abrazos de la hermosa Raquel.


Pero tenga cuidado, no sea que después de ser elevado a los cielos por la contemplación, se precipite a los abismos en desordenada caída; no sea que después de tal visita vuelva a un comportamiento lascivo y ceda a las atracciones de la carne.


Cuando la débil penetración de la mente humana no pueda sostener la claridad de la verdadera luz, descienda suave y ordenadamente a alguno de los tres grados por los que había ascendido. Permanezca ya en uno, ya en otro, según lo mueva su libre albedrío y según las circunstancias de lugar y tiempo, considerando (esta es mi opinión) que se halla más cerca de Dios cuánto más alejado esté del grado primero. ¡Ay qué frágil y miserable es la humana condición!


De este modo, guiados por la razón y por los testimonios de las Escrituras, vemos claramente que estos cuatro grados encierran la perfección de la vida bienaventurada, y que el hombre espiritual debe ejercitarse en ellos continuamente. ¿Pero quién hay que se ajuste a este modo de vivir? ¿quién es para que lo alabemos (Si 31,9)? Muchos son los que lo quieren, pero pocos los que lo realizan (Rm 7,18). ¡Ojalá seamos de estos pocos!

15 Cuatro razones por las que nos apartamos de estos grados

Jn 15,22

Si yo no hubiera venido, si no les hubiera hablado, no tendrían pecado; pero ahora no tienen excusa por su pecado.

Is 5.4

¿Podría hacer más por mi vid de lo que hice? Esperaba uvas hermosas, ¿por qué dio malas uvas?

Is 43,10

Ustedes son mis testigos - oráculo del Señor -, son mi siervo, el que he escogido para que sepan, que crean en mí y comprendan que yo soy. Antes de mí no se formó ningún dios, y después de mí no lo habrá.

Jn 14,23

Jesús le respondió: “Si alguno me ama, cumplirá mi palabra; mi Padre lo amará, iremos a él y, con él, nos haremos un hogar.

Salmo 49,16-17

Pero al impío Dios le declara: "¿Por qué recitas mis leyes? Mantén mi alianza en tu boca,

¿Tú que no te gustan los reproches y rechazas mis palabras lejos de ti?

Si 18.30

No te dejes llevar por tus pasiones y refrena tus apetitos.

2 Co 12.4

ese hombre fue llevado al cielo y escuchó palabras inefables, que un hombre no debe repetir.

2 Tm 4,4

Se negarán a escuchar la verdad y recurrirán a relatos mitológicos.

Ct 2.4

Me llevó a la bodega: el letrero encima de mí es "Amor".

Ps 49.19

Entregas tu boca al mal, tu lengua teje mentiras.

Ps 112.7

Del polvo levanta al débil, levanta al pobre de las cenizas.

Esdras 33.11

Les dirás: "Por mi vida, oráculo del Señor Dios, no me complazco en la muerte del impío, sino en que se aparte de su conducta y de su vida. Date la vuelta ! Aléjate de tu mal comportamiento. ¿Por qué quieres morir, casa de Israel?"

Oseas 6.2

Después de dos días, nos devolverá la vida; nos resucitará al tercer día; entonces viviremos delante de él.

Salmo 83.8

Van de altura en altura, se presentan ante Dios en Sion.

Jn 16,22

Tú también estás sufriendo ahora, pero te volveré a ver y tu corazón se regocijará; y nadie te quitará tu alegría.

Ps 4.9

En paz yo también, me acuesto y duermo, porque tú me das para habitar, Señor, solo, en confianza.

Apocalipsis 22.17

El Espíritu y la Esposa dicen: “¡Ven! "Quien oiga, diga:" ¡Ven! El que tenga sed, venga. Quien quiera, que reciba el agua de la vida, gratis.

Existen cuatro razones por las que nos apartamos de estos grados: la necesidad inevitable, la utilidad de una buena obra, la humana debilidad, la vanidad mundana.

La primera razón excusa; la segunda es tolerable; la tercera es miserable; la cuarta culpable. Y verdaderamente culpable, pues más le valía a aquel que se alejó de su propósito por semejante razón, no conocer la gracia de Dios que apartarse de ella después de haberla conocido. ¿Qué excusará su pecado (Jn 15,22)? ¿Acaso el Señor no podrá decirte con toda justicia: Qué más debí hacer por ti y no lo hice (Is 5,4)? No existías y te creé; pecaste, te habías hecho siervo del diablo, y te redimí; andabas con los impíos (Sal 11,9) dando vueltas por el mundo, y te elegí (Is 43,10); te había dado la gracia de mi presencia y quería hacer en tí mi morada (Jn 14,23), y tú, verdaderamente, me despreciaste y arrojaste hacia atrás, no sólo mis palabras (Sal 49,17) sino a mi mismo, y anduviste detrás de tus concupiscencias (Si 18,30).


Pero, oh Dios, bueno, suave y apacible, dulce amigo, consejero prudente y poderoso auxilio, ¡qué inhumano, qué temerario el que te rechaza, el que arroja de su corazón un huésped tan humilde y manso! ¡Oh que infeliz y condenable cambio el de rechazar al propio Creador y aceptar pensamientos malos y dañosos, entregar tan pronto a pensamientos inmundos, a las pisadas de los puercos, aquel secreto tálamo del Espíritu Santo, es decir, lo íntimo del corazón que poco antes entregaba a los gozos celestiales! Todavía están frescas en el corazón las huellas del Esposo, y ya se introducen los deseos adulterinos. Es un despropósito y una indignidad que oídos que recién oyeron palabras que no le es lícito al hombre pronunciar (2 Co 12,4), tan pronto se inclinen a escuchar fábulas y detracciones (2 Tim 4,4); que ojos recién bautizados con las sagradas lágrimas, se vuelvan de repente a mirar vanidades; que la lengua que acaba de cantar un dulce epitalamio, que con encendidas y persuasivas palabras había reconciliado al Esposo con la esposa y la había introducido en la bodega (Ct 2,4), vuelva otra vez a decir groserías y bufonadas (Sal 49,19), a urdir engaños y detracciones; ¡Que no nos suceda esto, Señor!

 

Pero si por culpa de la humana debilidad cayéramos en tales cosas, no desesperemos, sino recurramos de nuevo al médico clemente que levanta del polvo al desvalido y alza de la basura al pobre (Sal 112,7). El, que no quiere la muerte del pecador (Ez 33,11), nos curará (Os 6,2) y nos sanará nuevamente.


Ya es hora de terminar esta carta. Roguemos todos al Señor que nos alivie hoy las dificultades que nos apartan de la contemplación, que en el futuro las remueva definitivamente, y que nos conduzca de virtud en virtud por los grados que vimos, hasta ver al Dios de los dioses en Sión (Sal 83,8), donde los elegidos percibirán la dulzura de la contemplación no como por gotas o intermitentemente, sino que como en un torrente de delicias poseerán la alegría que no se acaba y que nadie les podrá quitar (Jn 16,22), la paz inmutable, la paz en El (Sal 4,9).


Y tú, hermano Gervasio, si el cielo te concede un día escalar la cumbre de estos grados, acuérdate de mí y ora por mí en tu gozo. Es así como se une una cortina a la otra (Ex 26), y el que oye diga: Ven (Ap 22,17).

GUIGO II EL CARTUJO, Carta sobre la vida contemplativa (La Escalera de los monjes). Doce meditaciones, ("Sources Chrétiennes" 163), París.