En el camino del calvario

En el camino hacia la cruz, la Iglesia nos da la oportunidad de contemplar el encuentro de Jesús y su Madre en el camino hacia el clímax de su dolor.


Como el Amado del Cantar de los Cantares, María busca a Jesús, el Amado. Su corazón está lleno de este deseo:

He buscado al que ama mi corazón, lo he buscado, pero no lo he encontrado... Me levantaré, pues, y recorreré la ciudad, las calles y las plazas, buscando al que ama mi corazón... (Ct 3,1-2)

María al pie de la cruz. Abadía de Solesmes. Foto: E. Pastore


María lo encontró en ese nuevo camino, el Camino de la Cruz, un camino de sufrimiento, pero un camino que conduce a una Vida nueva, pero aún desconocida. Por muy desfigurado que estuviera por el sufrimiento, más allá del sudor y la sangre que cubrían su Rostro, María lo reconoció, "el más bello de todos los hijos de los hombres" (Sal 45,2); lo reconoció porque este Rostro irradia la Belleza divina, la de un gran Amor que nos ama hasta el final. María lo reconoció, como si "viera lo invisible" (Hb 11,27), la que entiende más allá de las apariencias humanas; lo reconoció, pues "siempre ha guardado todos estos acontecimientos en su corazón" (Lc 2,51). Sus miradas se encuentran, miradas muy suaves, miradas confiadas, asombro confiado. Juntos, llevan la paz que viene de lo alto, más profunda que el horror y el miedo. Ambos están unidos para siempre y nos llevan a un viaje al final del cual descubriremos que "¡El amor es más fuerte que la muerte! (Ct 8,6)


Marie-Christophe Maillard

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