Ser perfecto...

Cuando leemos que el Señor nos pide que seamos "perfectos como el Padre que está en el cielo es perfecto" (Mt 5,48), no podemos dejar de pensar que el Señor pone el listón muy alto. ... aunque, por otra parte, el Señor nos advierte: "Sin mí no podéis hacer nada" (Jn 15,5). ¿En qué consiste esta "perfección"?


Volvamos al texto de Mateo (5:20-48): la exigencia de "perfección" va precedida de un cierto número de recomendaciones que sugieren que la nueva justicia traída por Cristo es superior a la antigua. Pero la recomendación alcanza su incandescencia cuando el Señor nos indica el motivo más profundo de nuestra actitud moral: se trata de "haceros hijos de vuestro Padre que está en los cielos" (Mat 5,45). Por lo tanto, todo cumplimiento de la Ley está ordenado por una actitud filial ante Dios.


El mandato de Jesús: "Sed, pues, perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto" (5,48) adquiere todo su peso. El tema de la perfección no es ajeno al Antiguo Testamento; además del sentido de integridad física y moral que se exige a lo consagrado a Dios, la perfección adquiere también el sentido de fidelidad a la observancia de la Ley: "Dichosos los que andan en la ley del Señor, perfectos en sus caminos" (Sal 119,1). (Sal 119,1); se trata de una obediencia total y sin reservas a la Ley. El modelo de la expresión mateana de 5,48 parece encontrarse en Lev 11,45 y 19,2: "Sed santos porque yo soy santo". La perfección y la santidad parecen, pues, ir unidas. Los escritos de Qumrán aclaran aún más el significado de la perfección-santidad: la perfección qumraniana incluye, además de un elemento moral, un elemento místico, es decir, que va más allá de las categorías humanas de conocimiento, voluntad y obras, un elemento cuya fuente está en Dios.

Iglesia de San Martín en Besse, Francia, siglo XI. Serafines, como los que componen la corte celestial, según el libro de Isaías en el capítulo 6. Los serafines tienen seis alas cada uno: dos para cubrirse la cara, dos para cubrirse los pies y dos para volar. Cantan el trisagion, es decir, el canto "santo, santo, santo". Foto: Wikipedia.


Escuchemos de nuevo el texto de Mateo: subraya que la perfección del hombre, un ser que camina y progresa, no es sin origen. La conjunción "como" (hôs) no es un "como" de imitación, sino un "como" de fundamento. La perfección que se nos exige no es el resultado de nuestros esfuerzos, por legítimos que sean, ni de una actitud voluntarista, sino que es una perfección, una santidad, que hemos de recibir del Padre que está en el cielo.


Además, la acción "perfecta" (teleios) es la que continúa hasta su "fin" (telos). La muerte de Jesús, de Aquel que amó hasta el final, hasta el extremo (entendido en el tiempo y en el espacio), completa la demostración de que el Padre manifiesta su "perfección", su "santidad" en el don de su Hijo amado al mundo.


Ser "perfecto", ser "santo", es dejar que la imagen de Dios en la que fuimos creados se despliegue en nuestros corazones, para ser cada vez más "hijos del Padre".

Marie-Christophe Maillard

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