Leer la biblia juntos,
poniéndose a la escucha de la Palabra

encontrar a Cristo en la escritura

Si leemos la Biblia, es porque nos ofrece un camino hacia Jesucristo y hacia su mensaje, porque -como decía San Jerónimo- “ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo”. Pero también es cierto lo contrario: ¡conocer las Escrituras es conocer a Cristo!

"Cristo brilla a través de la letra de la Biblia como brilló a través de la carne de Jesús. Su resplandor ilumina todas las páginas del Libro en el que habita, al igual que iluminó todos los actos de la vida mortal de Jesús. (Henri de Lubac)

Todas las Escrituras antiguas convergen de una manera u otra en Jesucristo, el mesías de Israel. Esta es la interpretación creyente de las Escrituras realizada por los redactores del Nuevo Testamento. En efecto, el Nuevo Testamento, con sus cuatro evangelios, los Hechos de los Apóstoles, todas sus epístolas y el Apocalipsis, no es otra cosa que una relectura y reescritura del Antiguo Testamento a la luz del acontecimiento Jesucristo.

Esta convicción llevó a una santa a decir:

“Jesús es para mí el Libro de los libros en el que se me permite leer sin cesar. Es a través de este libro que el Señor me ha enseñado todo lo que sé y todo lo que debo hacer.”

Así es como el testimonio por excelencia de la vida y la doctrina de Jesús se recoge en los cuatro evangelios, lo que les confiere una superioridad, como lo recuerda Dei Verbum (DV 18). Las palabras y las acciones de Jesús, la predicación del reino acompañada de signos de poder, pero sobre todo su muerte y su resurrección, constituyen la fuente de salvación a la que todos los hombres están invitados a acudir. Así, los evangelios constituyen el testimonio privilegiado de la Revelación que Dios hace de sí mismo a través de su Hijo. El encuentro con Cristo, que nos llama a seguirle, se hace posible sobre todo a través de la lectura, la meditación y la puesta en común de los textos evangélicos. La lectura asidua de las Escrituras se convierte así para todo bautizado en una oportunidad para consolidar su propia vocación cristiana.

¿por qué leer la biblia
en grupo?

Leer la Biblia es siempre un acto eclesial, pues Jesucristo es el mesías del pueblo de Israel y la cabeza de la Iglesia como cuerpo constituido por una multitud de miembros. Por medio de su Palabra, Dios ha convocado a su pueblo. Por medio de su Palabra, ha engendrado a toda la Iglesia. La dimensión comunitaria es parte integrante de la vida del creyente. Esta fue la experiencia de los discípulos en el camino de Emaús: juntos tuvieron la experiencia del corazón ardiente (cf. Lc 24,32), cuando Cristo resucitado les explicaba las Escrituras (cf. Lc 24,27). Cuando dos o tres se reúnen en el nombre de Cristo, él está en medio de ellos (cf. Mt 18,20). Y es con un solo corazón, todos juntos, que los discípulos esperan el don del Espíritu (cf. He 1,14; 2,1). Así mismo, el envío a la misión se realiza de dos en dos (cf. Lc 10,1). Así que este vivir juntos, rezar juntos, evangelizar juntos es constitutivo de la vida cristiana.

Como los discípulos de Emaús, ya no experimentamos un encuentro físico y directo con Jesús: "había desaparecido ante sus ojos" (Lc 24,31), nos dice San Lucas. El medio privilegiado para encontrar a Cristo a partir de su ascensión al cielo es el texto de las Escrituras y el gesto de la fracción del Pan. Este es el doble alimento -Palabra y Pan- que forma el Cuerpo de Cristo, que se nos ofrece en la única Mesa de nuestras asambleas dominicales. Pero es bueno y recomendado que el encuentro en torno a esta Mesa se prolongue durante la semana a través de la meditación y la puesta en común de las Escrituras:

“La vida cristiana se caracteriza esencialmente por el encuentro con Jesucristo que nos llama a seguirlo. Por eso, el Sínodo de los Obispos ha reiterado más de una vez la importancia de la pastoral en las comunidades cristianas, como ámbito propio en el que recorrer un itinerario personal y comunitario con respecto a la Palabra de Dios, de modo que ésta sea realmente el fundamento de la vida espiritual.”  (Verbum Domini 72).

Así, el reunirse en torno a la Palabra de Dios es un aspecto muy valioso de la vida cristiana. El mismo Jesús nos invita a permanecer en él, es decir, a permanecer en su Palabra y a guardarla: "Si alguien me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él y haremos morada con él" (Jn 14,23). Es una morada recíproca: nosotros en ellos y ellos en nosotros. La frecuentación habitual de las Escrituras -que contienen la Palabra que Dios nos dirige- es, pues, un hermoso modo de permanecer en el amor de Cristo.

Por último, el aspecto comunitario de la atención a las Escrituras es tanto más importante cuanto que nadie puede erigirse en único intérprete de las mismas. Nadie puede agotar la riqueza de los múltiples significados que lleva el Evangelio. El horizonte de interpretación de la Biblia es, por tanto, naturalmente comunitario, lo que motiva y anima a leer y meditar la Palabra en grupo.

juntos,
ser misioneros de la palabra

Como en el caso de los discípulos de Emaús, la experiencia de la Palabra de Dios que resuena en nuestro corazón tiene el poder de transformar nuestra vida, hasta convertir la tristeza en alegría y hacernos discípulos misioneros del Evangelio: "En aquella misma hora se fueron y volvieron a Jerusalén" (Lc 24,33). El libro de los Hechos de los Apóstoles se desarrolla precisamente según la lógica del anuncio del Evangelio, que se extiende desde Jerusalén por toda Judea y Samaria, hasta llegar a Roma (cf. He 1,8).

La lectura en común y el compartir juntos sobre el Evangelio tienen, por tanto, una consecuencia directa sobre nuestro modo de estar en el mundo: cada discípulo de Jesucristo se convierte en portador del Evangelio. La Palabra nos pone en camino, porque es dirigida a los demás, a todos los demás. Así, cada bautizado se vuelve mensajero de la Palabra para que sea escuchada en el mundo, como la sal que aporta un nuevo sabor o como la luz que debe brillar para todos (cf. Mt 5,13-15). Habiendo escuchado la Palabra, la Iglesia puede convertirse en su heraldo:

“Toda la evangelización está fundada sobre la Palabra de Dios, escuchada, meditada, vivida, celebrada y testimoniada. Las Sagradas Escrituras son fuente de la evangelización. Por lo tanto, hace falta formarse continuamente en la escucha de la Palabra. La Iglesia no evangeliza si no se deja continuamente evangelizar. Es indispensable que la Palabra de Dios sea cada vez más el corazón de toda actividad eclesial.” (Papa Francisco, Evangeli Gaudium, nº 174)

De hecho, el anuncio misionero de la Palabra se deriva de la propia naturaleza de la fe. El Evangelio de Mateo termina con una clara invitación: "¡Id! Haced discípulos a todas las naciones" (Mt 28,19). En efecto, toda la vida del discípulo misionero es transformada por la Palabra que habita en él y alimenta su vida:

“El hecho de predicar no es para mí motivo de orgullo. No tengo más remedio y, ¡ay de mí si no anuncio el Evangelio!” (1 Cor 9,16)

Pablo era consciente de la necesidad de colaborar en el anuncio de la Palabra en el mundo para que otros pudieran encontrar al Dios revelado. Cuando fue a Atenas, se dirigió a los paganos diciendo: "Al recorrer vuestra ciudad y contemplar vuestros monumentos sagrados, encontré un altar con la inscripción: al dios desconocido. Pues bien, lo que adoráis sin saberlo, he venido a decírselo" (He 17,23). Porque, al fin y al cabo, de eso se trata: de que otros se encuentren con el Padre. La Palabra escuchada conduce naturalmente a la misión.

Como San Pablo, cada uno de nosotros está llamado a ser un relevo de la Palabra que el Padre dirige al mundo a través de su Hijo. Cada uno de nosotros está llamado a participar en la misión de difundir la Palabra, para que otros puedan encontrarse con Cristo e invocarlo:

“Ahora bien, ¿cómo invocarán a aquel en quien no han creído?; ¿cómo creerán en aquel de quien no han oído hablar?; ¿cómo oirán hablar de él sin nadie que anuncie? y ¿cómo anunciarán si no los envían? Según está escrito: ¡Qué hermosos los pies de los que anuncian la Buena Noticia del bien!” (Ro 10,14-15)

Para que el Reino de Cristo venga los corazones de las personas, hacen falta mensajeros del Evangelio. La Palabra divina nos ha sido regalada para iluminar nuestra vida y la de todos los hombres. Se nos ofrece como lámpara para nuestros pasos (cf. Sl 119,105). Jesucristo ha revelado todo el poder del Evangelio, capaz de crear de nuevo, reformar, curar, consolar y salvar. Vivamos plenamente este encuentro con Cristo mediante la meditación de su Palabra y permitamos que otros se encuentren también con Él.

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